31 de diciembre de 2012

La acción y la reacción

Muchos de vosotros recordaréis la tercera ley de Newton, según la cual toda acción (fuerza ejercida en una dirección) tiene una reacción igual y opuesta (fuerza ejercida en sentido opuesto). Reconoceréis que se refiere a los objetos; es decir, a cosas a las que no se les presupone vida, y algunos pensaréis que únicamente se refiere a la Mecánica. Pero alargad vuestra memoria o vuestra imaginación y encontraréis moléculas que reaccionan ante otras en determinadas situaciones (ácido-base, i.e.), células que reaccionan ante nutrientes o ante el calor, plantas, animales... Y personas. 
Afortunadamente, por lo que se sabe hasta el momento en Física, la ley de acción-reacción tiene sus limitaciones para la Mecánica Clásica (la reacción ejercida por una partícula magnética en movimiento no está en la misma dirección que la acción ejercida sobre esta por otra partícula magnética en movimiento). Desde luego, las tiene también en Mecánica Relativista, puesto que el enunciado original sugiere una reacción instantánea, lo que implicaría una velocidad infinita, que haría añicos el postulado de la velocidad máxima (finita), que es la de la luz en el vacío. Y también, por supuesto, en Mecánica Cuántica, donde ni siquiera es posible hablar de fuerzas como tal.

Sin embargo, para cada escollo, se han encontrado las consiguientes reformulaciones: formulación débil de la tercera ley de Newton (acción-reacción no lineales, pero existentes, en el caso de campos magnéticos); aproximación relativista para velocidades próximas a las de la luz, y aplicación del teorema de Ehrenfest para referirse al momento lineal en sistemas cuánticos.

Pero la Física no lo explica todo. Ni, afortunadamente, es necesaria para todo.

El problema de la reacción humana, por tanto, no sólo ha de basarse en los estímulos sensoriales, lo cual no resulta novedoso, al menos para muchas personas, entre las que me incluyo. Entre lo desconocido, por resumirlo, entran en juego diferentes instancias de nuestro sistema nervioso central de las que no conocemos a ciencia cierta su funcionamiento: mecanismos afectivos, intelectuales, sociales... Aquello que presumimos que nos distingue del resto de seres y que, por consiguiente, nos caracteriza.
Una organización como la nuestra, nuestra sociedad, nuestra civilización, no encuentra su sentido en algo determinante, ni estático. Quizá no lo encuentre, pero nos ocupamos, tanto individual como colectivamente, de encontrar ese sentido. En lo colectivo está clara nuestra dificultad: intereses, expectativas, experiencias, desafíos... muy diversos. Pero es ahí, en lo colectivo donde, sin embargo subyace nuestra fuerza, nuestras fuerzas. Cuando no se oponen, cuando se suman, podemos con casi todo. Somos más que moléculas, más que electrones en orbitales, cada uno de nosotros tiene la libertad para escaparse del resto. O eso creemos, pues casi nadie lo hace del todo.

En la época de la desfachatez, sólo la sensatez cobra mayor sentido. Tratar de salvar los muebles sin contar con los demás es pernicioso para el solitario, y redunda en perjuicio para los otros. Pero cruzarse de brazos en el rebaño es no reaccionar, y somos reactivos por naturaleza. Así, ni podemos negarnos a la naturaleza, ni podemos afrontarla solos. Cada cual conoce mejor que nadie cuáles son sus posibilidades y limitaciones, con qué puede contar para sí y para los demás. Y sólo con la comunicación podemos conocer con quién contar y para qué. Sólo con estos básicos no es suficiente, pero son imprescindibles.

En esta época que vivimos todos tenemos nuestra misión, individual y colectiva. No se puede separar en dos. Somos acción y reacción, potencia y capacidad. No darnos cuenta es rendirnos. Yo no pienso rendirme: actúo y seguiré actuando, reacciono y seguiré reaccionando para salir de ésta. Un abrazo a todos.


26 de diciembre de 2012

¿Excelencia educativa?

¿Por qué un producto que se vende mucho suele tener más espacio en el lineal de la tienda que otros que se venden menos? Porque el responsable de la tienda no piensa en ser solidario con los productos que no se venden, a no ser que con ellos obtenga un margen mayor o bien mejore la imagen de su negocio. A grandes rasgos.
 


 Si por cada jamón de la casa Bellotero gana 1 € y vende 20 al día, gana 20 €. Si por cada jamón de la casa Delicias gana 5 € y vende 2 al día, gana 10 €. También tiene jamón de la casa Exquisitalia, del que gana 30 € por pieza, pero sólo vende uno al mes (1 € al día), pero es un jamón de prestigio. Así, sin entrar en más consideraciones, cualquiera se puede imaginar que Bellotero es el primer jamón que se encuentra al entrar a la tienda. El vendedor de Delicias insiste sin embargo en el mayor margen de su jamón, pero el responsable de la tienda aduce que apenas se vende y le muestra los números.
 

Aunque esto se puede complicar más en otros productos y servicios, el merchandising y la disciplina de la que es discípulo, el marketing (y éste a su vez de la economía de mercado que nos gobierna), se basan en ese simple principio: hay que apoyar al que más beneficio puede aportar.
 

Beneficio económico, cuantificable. No se trata de apoyar sin garantías de éxito. Pero, desafortunadamente, lo único que rige es la experiencia, que a veces es tan desconcertante como la esperanza. De hecho, la esperanza matemática juega a partir de los datos de la experiencia.
 

En este punto cabe la siguiente apreciación: las diferencias muestrales, o, por ser más moderno, las diferencias entre lo general y lo particular. En la tienda del ejemplo parece que la tendencia de ventas es la descrita, pero en la región donde se ubica esa tienda, hay otro jamón más vendido que Bellotero. Sin embargo, el responsable de la tienda probó con esa marca y ganó menos. Los estudios de mercado en la región son insistentes, pero como la demanda en la tienda no manifiesta deseos por otra marca, el responsable sigue confiando en Bellotero. ¿Un reducto del jamón Bellotero quizás?
 

Bien, sigamos con cuestiones más amplias.
 

Muchas personas que hayan tenido un negocio pueden coincidir en que lo que he venido explicando hasta ahora es demasiado simple. Estoy de acuerdo; sólo trato de ejemplificar cuán complejo puede resultar un análisis de ventas con un solo producto, material. Porque, imaginaos lo extremadamente arduo que supone relacionar la educación de una sociedad con sus beneficios. Hay estudios que se atreven a cuantificarlo, pero, sinceramente, son aproximaciones; cualquier intento por santificarlos resultaría vacuo.
 

Pensad que contamos con alumnos que abandonan el sistema educativo, que contamos con alumnos que reingresan en el sistema educativo siendo adultos. Que antiguos alumnos, menos capaces para el estudio, alcanzan cierto grado de plenitud en sus vidas y para las de los que les rodean. Y que antiguos alumnos brillantes se dan de bruces con una realidad que no es la que intuyeron cuando estudiaban.
 

Discernir entre los mejores cualificados y los menos cualificados es fácil, pero el problema es que, con unos parámetros inmovilistas, no es posible producir progreso. Es decir, siguiendo la analogía económica, los beneficios son analizados por variables insuficientes. Si consideramos a las personas más capaces a las que mejor superan las asignaturas, o las competentes como aquellas que superan las competencias básicas, estamos dejando fuera a una ingente cantidad de personas que pueden ser útiles para la sociedad de la manera que sea. Si sólo la educación formal es garantía de éxito en nuestra sociedad, estamos fijando unas expectativas muy lejanas para demasiadas personas. Y máxime cuando se trata de romper el alto nivel de equidad con que hasta ahora contaba nuestro sistema educativo.
 

Rota esta lanza por quienes no alcanzan los niveles de nuestra falsa meritocracia, pasaré a cuestionar esta falacia.
 

En términos generales es innegable lo que anuncian las estadísticas: a mayor nivel de formación, mayor probabilidad de encontrar trabajo y de mejor calidad. Sin embargo, y como la mayoría intuimos, existe un componente difícil de mensurar que es el liderazgo y que añade un plus a quienes detentan los trabajos (o, más bien, cargos o puestos) con salarios (o ingresos) más altos. Y, desde luego, no nos podemos olvidar de la capacidad de comunicación, que prefiero separarlo por ahora del liderazgo.
 

La comunicación es fundamental para nuestra relación, pero hoy en día (quizá más que nunca) cuenta especialmente la relevancia. En una comunicación científica cuentan los índices de impacto, también cuenta si sales por la tele haciendo el tonto, y cuenta también si en el bar de la esquina eres el que más grita y el que más enfatiza... Y los argumentos, si no son sencillos, no cuentan tanto.
 

El líder ha de contar con ese potencial comunicativo, de relevancia. Ha de parecer que tiene empatía, y ha de parecer que domina el campo en el que se mueve. Sin embargo, no tiene por qué ser el que mejores notas sacaba en Lengua, Latín o Literatura, pudo ser el que no paraba de hablar en clase, y pudo ser el que siempre estudiaban un día antes, el que más chuletas se hacía, y de los que menos libros leyó. Puede ser aquella persona que fue superando cursos con un nivel suficiente (incluso con calificaciones de notable), que teniendo un gran don de gentes, sin embargo no tiene una excelsa cultura general, ni gran interés por ella. Y puede que tampoco demasiado amor por las personas.

Luego, ¿a qué se refieren con la excelencia en educación? La investigación de la cultura organizativa (en la organización escolar esto se tiene en cuenta, así como en la organización de organizaciones escolares, en forma de sistema educativo) propuesta por Peters y Waterman permitía extraer la excelencia. En su sentido clásico se ha equiparado calidad con excelencia. Pero en el sentido social y crítico (porque estamos en un cambio de paradigma) la calidad no tiene sentido si no se incluye equidad, justicia y una imprescindible consideración del contexto.

23 de diciembre de 2012

Veinticinco de diciembre


Violeta camina sola por la calle, entre pantalones y faldas de muchedumbre que entra y sale de las tiendas. Esa tarde no hace el frío usual, pero Violeta no sabe de estaciones, ni conoce su última parada. Ella camina buscando comida, aterida desde el final de su mundo. Se asoma al escaparate de una pastelería y allá, más al fondo, divisa personas de cuerpo entero y de espaldas a ella, mientras la exposición tras el cristal y un aroma de bollo tierno le incitan a pasar. Pero no pasa. Sigue caminando, sola, entre personas con prisa.
Las farolas se van iluminando, las luces de Navidad se van iluminando y Violeta sigue apagándose.
La noche cae de repente ante los altos edificios. Un supermercado está cerrando, unas personas salen con bolsas, y varias decenas se arremolinan hacia una callejuela donde irán a parar los perecederos que no se podrán vender. Mientras las farolas y los adornos de Navidad brillan entre la bruma que aparece poco a poco. Mientras algunas ventanas de pisos empiezan a ser translúcidas por una pátina de vaho que deja claro que dentro funciona la calefacción. La energía de la Navidad se puede respirar.
Las calles comienzan a despoblarse, incluso los coches circulan fluidamente. Sólo unos pocos deambulan de bar en bar o a la caza del último comercio abierto. La alegría de la Navidad se respira en cada hogar.
Pese a las luces, la ciudad sigue gris y desalmada. El cemento es su esencia, el ladrillo, su ser. El vidrio permite a los hilos de luz extender cierta ilusión, pero lo cierto es que la ciudad es transitada por personas que no encuentran su luz. Quizá un albergue, quizá un portal, quizá una parada de autobús, un banco en algún parque... Y la fría y oscura noche de siempre. “Que podamos vernos todos los años”, “¡Feliz Navidad!”, “ande, ande, ande, la Marimorena...”, “¡buenísimos los langostinos!”... Pero la ciudad acabará durmiendo, como siempre.
En el tercero B del portal diecisiete la cuñada de Emilia mira el reloj cada diez minutos. Ni soporta a la hermana de su marido, ni soporta a su novio. Los hijos de Emilia son pequeños monstruos que no paran de levantarse de la mesa y no dejan a sus hijos tranquilos. Su marido la sonríe y ella le devuelve la mueca como puede, pero su idea sigue instalada en irse cuanto antes, y la de sus hijos también. Pero Emilia parece feliz, ajena a los rencores de su cuñada y al sopor de sus sobrinos, hartos de sus primos, sus hijos. Llegan algunos regalos, que parece que Papa Noel dejó escondidos bajo el árbol. Los pequeños monstruos se abalanzan sobre las cajas más pomposas. Por fin.
Se empiezan a oír petardos, parece la señal. De nuevo comienza el bullicio, pero la ciudad sigue gris, otra vez inundándose de coches que sólo iluminan su camino.
Violeta duerme ya, sin saber si volverá a nacer al día siguiente, veinticinco de diciembre.

22 de diciembre de 2012

Es Sanidad, Mr. Scrooge



Apelo a sus conciencias, señores dirigentes: cargos de la Administración o de los consejos de administración de las empresas adjudicatarias de nuestros servicios de Salud Pública.
No importa que sea Navidad, cualquier día del año es el mejor para realizar una buena acción, aunque para los servicios imprescindibles como el que se presta para la salud de las personas las acciones de la Bolsa son inversamente proporcionales a la calidad del servicio prestado. Aunque, eso sí, sí se pueden vender como caridad. Pero eso es otra cosa.
Les conmino a que hagan una buena acción: desistan de sus planes “de externalización”, desistan de sus planes de ganar más dinero en detrimento de la salud de las personas que les saludamos por la calle, que compartimos sus miedos y sus esperanzas, que les podemos ayudar cuando se sienten afligidos... Cuenten con nosotros para vivir en un mundo real, con sus penas y sus alegrías, inmersos en sabiduría y bondad humanas. Acuérdense de sus principios, de aquéllos que les hacen sonreír y disfrutar de las personas de bien. Confíen en la naturaleza humana, crean en el bienestar de su comunidad, creen con nosotros un Estado del Bienestar, crean en ello sin lucrarse por estos medios.
Su calidad es su calidez para la mayoría de nosotros, no nos abandonen por unos cuantos millones de euros. Sabemos que pueden hacerlo, aún están a tiempo.
No se dejen corromper por lo material, no traten de engañarse creyéndose el miedo por un futuro peor. Puesto que gran parte del futuro de todos nosotros está en sus manos. Saben que un componente de la felicidad está en sentirse bien con quienes les rodean, en la reciprocidad de la generosidad. No es caridad, ni tiene por qué ser Navidad, es la senda de nuestra especie: mejorarnos entre nosotros.
Saben que la mayoría de las personas somos gente de bien, que intentamos serlo cada día. A veces nos dejamos tentar por lo fácil, pero no tratamos de aprovecharnos casi nunca; no robamos medicamentos, no vamos al médico sin causa justificada, no queremos caer enfermos... Lo saben, confíen en nosotros, porque nosotros, en Democracia, confiamos en ustedes, los que les votaron y los que no, los que estarán de acuerdo con los fines de las empresas privadas de salud y los que no.
Háganse ese regalo y luchen por nosotros. Hagámonos ese favor.

21 de diciembre de 2012

El tsunami y el junco

¿Se han dado cuenta? Federico Trillo es embajador en Londres. Sin consultar las hemerotecas, habrá quien pueda preguntarse por qué. No estoy seguro de la respuesta, o, más bien, de los matices retóricos de quienes se ocuparan de invadir los medios de comunicación con interpretaciones políticamente correctísimas. Por ejemplo, podrían argumentar que la razón está en la Democracia: “Son los electores quienes tienen la última palabra”. Podrían. O quizá de otra forma: “Los ciudadanos ya le juzgaron”. O tal vez: “Después de que se resolviera judicialmente lo del Yak 42, queda claro que su actuación fue la correcta”. Parecería así que su cargo es merecido. ¿Para quién: para él, para los españoles? 


Por ahora apenas he oído una tibia referencia a su representación -durante ocho años más tras el Yak 42- en el poder legislativo, de donde emanan las normas de nuestra Democracia. No me digan que no se maravillan de la facilidad que tienen algunos políticos profesionales no sólo para eludir acusaciones, sino incluso para darles la vuelta. A mí me sigue pareciendo portentoso, más que la tercera ley de Newton. Una ley, por cierto, que no sale de ninguna cámara parlamentaria. 
Es más que tener cintura. No sólo basta con esquivar. 
Me estoy acordando de todo el revuelo que fomentaron y alimentaron desde la antigua jerarquía del PP sobre la denominada “teoría de la conspiración”. Durante meses gasté grandes energías parpadeando porque no me creía que, lo que empezó siendo una insinuación, fuera creciendo como una seria posibilidad: como si las entrañas del Estado hubieran planificado el terrible atentado de los trenes de Atocha. Y, ¡oh, casualidad!, el Estado estaba siendo gobernado por los socialistas. Los señores y señoras del PP que habían gobernado el Estado antes y durante los atentados no sólo es que no tuvieran ninguna responsabilidad, sino que además se erigían como adalides de la justicia infinita. Pero, no satisfechos con esto, se aplicaban con denuedo en relacionar el atentado con su firme postura de defensa de las instituciones (“una grande y libre”) en contra de las listas de la izquierda abertzale, para matar así dos pájaros de un tiro. Y luego criticaron la cacería de Garzón -aunque después fueron a cazarle-. A propósito de la Gürtel, ¿no oyeron a la dimitida Presidenta de la Comunidad de Madrid manifestar que su partido estaba siendo víctima de una persecución judicial auspiciada por el Gobierno socialista? Llamo la atención sobre el calificativo “socialista”, que, pronunciado por personas conservadoras suena como “estalinista” o, cuando menos, “bolchevique”. Estamos de acuerdo en que encierra connotaciones históricas o, más bien, anacrónicas. Pero me parece abyecto recurrir a esa demagogia, como me lo parecería calificar de franquistas a algunos que se autodenominan liberales. 
El PP suele reaccionar como una devota sexagenaria de capital de provincia: una señora que se pasa el día hablando de buenas costumbres, para canalizar la frustración o el temor que le suscita su pérdida de estatus. Una señora que no ahorra críticas contra quienes se saltan los preceptos de las buenas costumbres; naturalmente, las suyas. Una señora que tiene sus propios valores. Suyos, y que no se los toquen. Porque, vamos, qué atrevimiento el de un joven que la increpa cuando trata de colarse en una pastelería. ¡Qué poco respeto! El PP sigue hablando de falta de modales. De los demás. 
Algún asesor con barba y ojos azules debió de aconsejarles mal sobre el cambio de valores y el movimiento de globalización que se empezaba a vislumbrar a finales de los años ochenta del siglo pasado. Dimitido Demetrio Madrid, ya tenían la fórmula maravillosa. Una estrategia de sexagenaria forrada de pieles saliendo de misa, pero disfrazada de monje zen. 
Quisieron hacernos creer el principio del junco, que se dobla ante un tsunami y recupera su ser cuando ha pasado. En algunos círculos de la anhelada España imperial esto funcionó y funciona: es una forma de dárselas de moderno, de abierto. Pero, una vez más, se vuelve a confundir conocimiento con dominio parcelado. Se confunde auge económico con auge cultural y, así, durante los noventa muchos españolitos vinculan ganar dinero con la obtención de un título de hidalguía. Y, entre otras cosas, en lugar de levantarse juncos, se levantan tabiques de Pladur. Erre que erre, apenas hace un año.
Ahora resulta que Rodrigo Rato fue el mejor ministro de Economía de la Democracia -es llamativa la humildad con que lo restringen a los últimos treinta años-, y Aznar, por supuesto, el mejor presidente
A mi juicio fueron el tándem del pagaré. ¿Conocen la historia? Dice así: Un rico comerciante enseñó a otro el fantástico diamante que había heredado de una tía lejana. El segundo comerciante, maravillado por la joya, no pudo resistirse y le instó a que se la vendiera. El heredero, tras aludir a un pretendido valor sentimental, planteó un precio excesivo para el otro: dos mil dólares. Pero el comprador, sin impresionarse, sacó un talonario de su levita y le propuso pagarle con un pagaré, justificando que no llevaba dinero suficiente. El heredero, ante la posibilidad de ganar una suma de manera tan fácil, aceptó la proposición. Cuando estaban a punto de despedirse, el primero manifestó su arrepentimiento y solicitó al otro que le devolviera el diamante y él le devolvería el pagaré de dos mil euros. Pero el nuevo dueño le expuso que, dado que se había incrementado la demanda, debía incrementarse el precio. Por lo cual le pidió tres mil dólares. Como el dueño original tampoco tenía dinero encima, le propuso extenderle un pagaré. Estuvieron toda una tarde intercambiando el diamante con pagarés de importes cada vez mayores. Cuando uno le estaba extendiendo al otro un pagaré por un millón de dólares, el otro llamó la atención sobre lo que creía haber descubierto: ¿Te has dado cuenta de que hemos encontrado una forma fácil de ganar dinero?
Rato consiguió que muchos se creyeran el milagro de los panes y los peces de cemento. Y, con este aparente respaldo material, Aznar lo tuvo fácil para convencerlos de un sueño: “todo es posible si eres español
No es tener cintura, tampoco es emular al junco, sino afianzarse como un muro de hormigón armado. Es la consigna. No se trata de esquivar; es una escenificación tramposa, en la que se simula ser un tabique, como acaso pueden serlo otros diez millones de españoles, cuando, en realidad, se es un muro infranqueable, capaz de repeler cualquier ola e incluso redirigirla a quienes no piensan como ellos. 
Cierta mañana el Financial Times criticaba la actitud de los políticos españoles, preguntándose cómo era posible que el debate se instalara en rivalidades partidistas, alejadas de la crisis económica. Me cuesta creer que este prestigioso diario no hubiera caído en la cuenta de la condición humana. Algo de lo que los estrategas del PP continúan sacando mucho jugo. Por un lado, es fácil movilizar los bajos instintos (animadversión, prepotencia, irracionalidad en suma), y, por otro, no cuesta nada alejar las causas últimas de la vida cotidiana. Cada cual tiene bastante con su vida, especialmente si le auguran continuamente que ésta irá de mal en peor. Pero, si uno se fija un poco, aun sin saber macroeconomía, cuando escucha o lee que la crisis económica es una crisis de confianza, pronto comprende que, en el fondo, es una crisis moral (un fraude, vamos). Y entonces uno despierta y reconoce que la estrategia especulativa del PP, en cierta forma adoptada por el FMI de Rato para superar la crisis de las tecnológicas de 2001, no debería seguir creciendo. Se equivocarían si despreciaran la potencia de la Naturaleza, creyendo que siempre podrían seguir elevando su muro de hormigón. ¿Qué muro puede con el tsunami de la crisis actual? ¿No se han parado a pensar sobre las grietas que se van produciendo? Sólo vale la estrategia del junco: flexibilidad, paciencia, tesón y confianza. 
Pero eso sólo se puede hacer si, como se hizo tras la Perestroika, empiezan a demoler el muro que han creado. 
Eso incluye al embajador Trillo. Y tendrán que hacerlo si no quieren que sea comparado con el señor Fabra -aunque Trillo ya se ocupa de que no sea así-. Porque es lo que tiene la Democracia: el peso de la mayoría es determinante para elegir, pero a veces, la mayoría, si está engañada, puede tomar la peor de las decisiones.


17 de diciembre de 2012

Manos para pensar

A Víctor no le amputaron las manos, le amputaron la vida. A su familia, los sueños. Al Pueblo, la esperanza. A nosotros, la libertad. Pasa más de un tercio de siglo para enterrar su cuerpo, pero seguimos esperando su vida, sus sueños, la esperanza y la libertad.


Aún seguimos en las trincheras. Protegidos de los otros, quizá no sepamos que ellos también estén agazapados. Quizá debamos seguir estando así porque somos diferentes y sea más lo que nos separa que lo que nos une. Sólo quizás. Porque no sabemos casi nada: no sabemos dónde se enquistaron nuestras desavenencias, ni si han existido siempre y si acaso pertenecemos a categorías humanas diferentes. ¿Habrá dos categorías de sapiens sapiens?

En la inmensidad del Cosmos no conocemos más vida que la de este mundo, el Mundo. Y en este mundo no conocemos más inteligencia que la nuestra (¿"las nuestras"?) -quizá porque conocer está implícito en inteligencia, y porque es desde nuestra inteligencia desde la que conocemos-. En ese caso, tal vez sea posible la coexistencia de dos inteligencias. Sin que por ello sea posible su convivencia. Debe de haber algo más que "mera" inteligencia, pero asumamos este término y su concepto como reunión de las cualidades de nuestra especie. Metamos ahí pensamiento, en su contenidos y en sus formas, además de otros aspectos como la afectividad, las relaciones sociales, etcétera.

Tracemos un gran círculo de Venn en el que quepan todas esas características. Tracemos otro, conectándolo en intersección con este, y tratemos de discernir qué cosas pueden separarse y cuáles compartirse, con la finalidad de que cualquiera de ellos pudiera representar el conjunto de características humanas. Comprobaremos que es difícil, incluso dudamos de que tal cosa se pudiera establecer. Pero, no sólo aunque los diagramas trataran de representar a sólo dos personas diferentes, sino incluso a la hora de representar a una misma persona en dos momentos distintos de su vida adulta.

Somos diferentes a nosotros mismos.

¿Y qué? No es una razón de peso para dudar de algo común, algo que intersecta esos círculos. Si aceptamos que hay esencia, en su sentido fundamental e inmutable, puede que tengamos que referirnos a dos esencias, una para cada clase de humanos. Pero sólo tenemos un término, humanos, que, como tal, es sustantivo. Si el término define una comunalidad de características sustanciales, siguiendo en el pensamiento aristotélico, la forma que se escapa de la intersección sólo son adjetivos, sólo calificativos.
Pero más allá de la terminología, más allá de la epistemología y más allá de la ontología si cabe, nos encontramos con la realidad del sufrimiento, del enfrentamiento, de la distancia de lo que parece igual pero no lo es. La distancia entre poderoso y sometido, entre el inflexible y el tolerante, entre el exigente y el trabajador. Entre el que piensa y el que piensa, en suma.

¿Quién tiene más derecho? ¿Quién tiene más derecho a ser libre? ¿Quién tiene más derecho a actuar sobre el otro o actuar sin considerar la consecuencia de sus acciones sobre los otros? Si acaso alguien tiene ese derecho.

Por voluntad individual cada uno de nosotros actúa dentro de los límites del ámbito en que se encuentra. Pero esta suposición se cercena en la gran mayoría de las sociedades, pues dudamos de que existiera siquiera la posibilidad de ser divulgado este artículo en China, en Marruecos o en el seno de una multinacional de diamantes, petróleo o alimentación. Es una suposición falaz en muchas sociedades y organizaciones por la simple razón de que el individuo perteneciente a ellas desconoce cuáles son sus límites, por muy restrictivos que estos sean. El capricho normativo rige sobre la conciencia de cada sometido. No cabe la discusión y sólo vale hacer. Si uno hace, si uno sólo se preocupa de sus manos, no tiene capacidad para pensar. Y, si no piensa, no hay capacidad para cambiar con intención. Y, cuando no hay intención, no hay voluntad, en este caso individual.

O eso creen.

Pero se equivocan los poderosos. Se equivocaron Nixon, Kissinger y la CIA; como se equivocaron Hitler, Franco y Castro. No podéis aniquilarnos a todos los que no somos como vosotros. El problema es que vosotros lo sabéis, y lo queréis. Porque sois depredadores insaciables, ansiosos por gozar con nuestro sufrimiento con tal de sentiros dioses. Estáis dispuestos a correr el riesgo de dejarnos subsistir, para utilizarnos, para auparos sobre la mediocridad que día a día os preocupáis por denostar: a vuestros súbditos, a vuestros trabajadores, a vuestros esclavos.

Os equivocáis todavía si creéis que sólo actuamos para vosotros. Es verdad que hacemos, pero no olvidéis que somos los únicos primates con pulgar oponible, que nuestras manos también son características de nosotros, como la inteligencia que tratáis de amortajar. Esa es vuestra disyuntiva: machacarnos las manos o no, pues sabéis que siempre actuaremos y que sobreviviremos, aunque sea para matarnos entre nosotros en el circo, aunque dependamos de vuestro pulgar verdugo. Seguiremos siendo libres como lo fue Víctor Jara y seguiremos luchando por que os unáis a nosotros, donde podréis argüir en pos de vuestros símbolos, esos que seguirán tratando de someternos.

Pero nunca olvidéis que sabemos que sois humanos, sustancialmente como nosotros, aunque menos numerosos. No olvidéis vuestro origen, asumiréis mejor vuestro final. Aunque seáis psicópatas, porque siempre nos preguntaremos si un psicópata sufre psicopatía.

15 de diciembre de 2012

Esfuerzo pese a todo



Decir hoy en día que estamos en manos del capital suena tan poco vigente e indeterminado como la teoría del flogisto en el s. XIX, está superado.
Lo que expuse en las entradas Trabajo,esfuerzo y crisis I y II, venía a ser una aproximación general, a modo de pensamiento lateral, para tratar de comprender por qué nos hallamos en la denominada crisis económica y financiera. Con esta nueva entrada al blog trataré de explicar esas primeras reflexiones con algunos ejemplos, generalmente en la misma dirección: esfuerzo o trabajo se dan casi siempre, pero lo importante es la intensidad en una u otra dirección.
Para comenzar me voy a permitir una pequeña licencia: servirme de un modelo teórico de la mecánica clásica, según el cual, podemos asumir de forma reducida la definición de trabajo como una magnitud que indica el efecto de la aplicación de una fuerza para el desplazamiento de un cuerpo en una determinada dirección en el espacio. Su fórmula intuitiva es la siguiente:

Donde F indica la fuerza ejercida y d, el desplazamiento. Lo significativo de esta formulación es que, aunque el trabajo W es escalar (sólo es una cantidad), tanto la fuerza como el desplazamiento se producen en sentidos y direcciones concretas (las flechas simbolizan esto, indican que fuerza y desplazamiento son vectores). El trabajo puede tomar valores positivos, negativos e incluso el valor nulo (cuando son perpendiculares la dirección de la fuerza y la del desplazamiento).
Tras este breve repaso, pasaré a exponer algunos ejemplos, en los que puede subyacer este modelo, y de donde podremos extraer algunas conclusiones.
Imaginemos a un estudiante que acaba de doctorarse y a quien le conceden una beca de investigación en una empresa. Transcurridos tres años investigando, llega a publicar su primer artículo en una revista de cierta resonancia en su campo. Lo publicado formaría parte de un estudio que aportará una mejora en una fase del proceso de producción de determinados productos comercializados por su empresa. Al cabo de un año, son implementados los resultados de su estudio y, al cabo de seis meses, se habría constatado su mayor eficiencia. Paralelamente, el investigador habría ido estrechando lazos con personas influyentes de su organización. Por todo ello, al cabo de cuatro años más, sus méritos serían reconocidos y se le nombraría director de producción. Como la coyuntura fuera buena, sería propuesto para consejero delegado, puesto que comenzó a desempeñar a los once años de su llegada a la empresa. Su perfil respondía a las expectativas de diversas empresas, de manera que, con el tiempo fue desarrollando su profesión como alto ejecutivo en diferentes sectores, sucediéndose en algunas ocasiones fuertes compensaciones económicas en forma de stock options, bonos, etcétera.
A primera vista la carrera profesional de esta persona parecería impecable, pero ¿estaríamos de acuerdo si la empresa en que se desarrolló se dedicaba a la fabricación de armas? Seguramente disentiríamos en nuestras apreciaciones: valiéndonos de la definición física de trabajo (y sin valernos de ella), para muchos su trabajo habría sido negativo, habría aplicado una fuerza en sentido contrario al desplazamiento de nuestra sociedad, en contra de la paz.
Supongamos que su empresa inicial no estuviera en el sector de armamento, sino en el farmacéutico. Nuestra valoración general sería buena, pero podríamos preguntarnos algo más: si la mejora en el proceso que estudió conllevaba una importante deforestación tropical en pos de encontrar una sustancia imprescindible para el abaratamiento del proceso. Si el abaratamiento del proceso facilitaba el acceso de la población a un medicamento muy necesario, quizá muchos perdonarían ese mal menor que habría significado la deforestación. Si el abaratamiento se orientaba sobre todo a la rentabilidad de la empresa, la deforestación se vería como imperdonable.
Pero aún podemos ir un poco más lejos. Suponiendo que su trayectoria en la empresa no hubiera planteado ningún dilema serio, podríamos empezar a imaginarnos que su periplo como alto ejecutivo se hubiera basado en el diseño y aplicación de instrumentos financieros, por ejemplo. Su política de diversificación de activos le podría haber llevado a la diversificación de riesgos en general: trasladando inversiones a futuros, refinanciando capitales... Todo dentro de un marco legal, como lo ha sido la fabricación de armas y la deforestación de grandes masas selváticas.
Esta persona se habría esforzado muchísimo a lo largo de su vida en todos los casos. Durante un tiempo, prácticamente toda su vida, habría representado el espíritu de superación e incluso habría sido un prototipo de buen trabajador. Pero en algunos supuestos comentados, nosotros como observadores no habríamos hallado un lugar de acuerdo al juzgar sus prácticas.
A estas alturas, ya habrá lectores que hayan caído en la cuenta de que los matices que propongo no tienen relevancia si son referidos a una sola persona. Supongan, entonces, que hay un colectivo de personas con prácticas similares a las de nuestro ejemplo. Por definir alguna característica común, establezcamos como esencial un interés denodado hacia su trabajo y una excelente capacidad para comunicar sus logros. Como sugerí en Trabajo, esfuerzo y crisis(II), esto, dentro de la legalidad, nos puede parecer lícito, como a ellos, pero también ilícito (Quiénes hacen la élite). Pero ya que este colectivo no es consciente o le importan un pimiento las consecuencias negativas de sus prácticas a medio y largo plazo, ¿no es posible que quienes vivimos a su estela seamos tan miopes como para no ver la que se nos avecina?
No es mi intención demonizar este tipo de prácticas o de actitudes, pues me parece excesivo generalizar incluso en eso; no dejaría de ser una burda simplificación. De la misma forma espero que la generalización en el sentido opuesto también sea percibida como excesivamente reduccionista: no todos los esfuerzos que redundan en uno mismo son necesariamente perjudiciales para los demás.
Por eso, no se puede aludir al capitalismo como a la razón última de nuestra crisis. Es un factor más, en cuanto a su forma extrema de liberalismo económico, pero ni siquiera el mismísimo Adam Smith excluía cierta regulación. En un ejercicio de abstracción mayor, encuentro un modelo que puede explicar con más tino qué pasa: somos una organización, en la que se dan intereses individuales y que, en tanto a organización, coexisten con intereses comunes o rectores que definen a la organización (civilización, sociedad... no importa tanto la terminología). Lo que parece claro es que los esfuerzos de unos y otros acaban respondiendo a la estructura y a la cultura (o señas de identidad, en forma de valores, principios, actitudes...) de la organización y, a su vez, definiéndolas. Si se viera el capitalismo como patente de corso para todas las voluntades individuales, sería negar la propia organización. Y, desde luego, no ha llegado hasta ese extremo, porque seguimos teniéndonos como organización humana, hasta los más egoístas confían en esa visión antropocéntrica que les envuelve.
Es comprensible que haya muchas razones para el pesimismo, pero, a pesar del hambre, de las desigualdades, de la ausencia de oportunidades, de los conflictos violentos, encuentro un dato, al menos un dato que me mantiene en cierto optimismo: hasta hace apenas un siglo la esperanza de vida mayor a setenta años sólo se podía referir a quizá un diez por ciento de la población mundial; es cierto que en términos absolutos las diferencias (en miles de millones de personas en la actualidad) son mayores, pero ahora podemos hablar de una esperanza de vida de al menos setenta años en una cuarta parte de la población mundial. Es un dato cuantitativo frío, pero es objetiva la mejora, pese a que afectivamente nos duelen más que nunca esas diferencias.
Queda por ver si la tendencia seguirá acentuándose en esos términos relativos y si, por otra parte, una mejora de la esperanza de vida también entraña una mejora de la vida, aunque sea reflejado en algo tan simple como el IDH (Índice de Desarrollo Humano).
Sí parece claro que, como en otras crisis, empezamos a mentalizarnos de que es necesario aunar esfuerzos en una misma dirección y sentido (fuerza y desplazamiento), como los remeros de una galera. La cuestión es quién marca las remadas y quién dirige el timón, porque nunca ha habido galeras con democracia.
Finalmente, me planteo si las entradas de este blog devienen en un trabajo positivo, negativo o nulo.



12 de diciembre de 2012

Del interés de contar cosas


Es de sentido común que sin creación no hay novedad, y que sin novedad, no hay cambio (tampoco mejora). Por tanto, el conocimiento está bien, pero no es suficiente sin la imaginación. Es una cuestión de aritmética elemental. Pero al menos debe haber unos mínimos. En el caso del lenguaje, en tanto en cuanto común –pues si no, no habría comunicación, intercambio humanos propiamente dichos debe haber un sistema básico: código lingüístico y otros códigos extra-lingüísticos, que varias personas seamos capaces de codificar y decodificar ¡vaya!, suena redundanteEsos mínimos hacen el papel de ingredientes, como si de un guiso se tratara. Con ellos nos podemos alimentar y satisfacer, pero no habremos disfrutado de un sabroso guiso si no hubiéramos realizado algunas cosas más: si echamos patatas, puerros, cebolla y zanahoria a una olla con agua, tendremos algo parecido a la porrusalda, nos lo comeremos y puede que incluso dijéramos: “¡qué rico!”. Pero jamás cerraríamos los ojos ni sonreiríamos ni musitaríamos un sonido de placer de no haber sofreído  antes la cebolla. Ese toque del sofrito es la literatura en el lenguaje, es el toque que alguien imaginó alguna vez.

Trataré de ilustrarlo con el siguiente ejemplo: Imaginemos una situación de aula en la que el maestro presenta el modelo copernicano a sus alumnos de seis años. Puede hacerlo de diversa formas, veamos dos representativas:

A. «Ésta es la Tierra (mostrando una pelota de tenis) y éste es el Sol (mostrando un balón de baloncesto). En la Tierra pongo este muñequito (ancla con celo –en los dos sentidos- una figurita de plástico a la pelota de tenis). Si muevo el balón, al muñequito le parece que se mueve el balón (moviendo el balón). Pero no, no es así; lo que se mueve es la pelota de tenis alrededor del balón. Por eso el muñequito cree que se mueve el balón (Todos, incrédulos: “¡Ah!”)».

B. (1ª parte) «Hace muchos años había una tortuga que vivía muy tranquila en un playa. Un buen día llegó a la playa un tigre. Era un tigre muy rápido, el más rápido de todos los tigres. Pero también el más engreído; pues presumía de ser el más rápido de todos los tigres y de todos los animales. Por eso, viendo a la tortuga tan tranquila, la retó a echarle una carrera. La tortuga, que tonta no era, le propuso las reglas: ganaría aquél que primero llegara a su casa. El tigre, que tenía su guarida donde acababa la playa y comenzaba la selva, empezó a frotarse las manos: “Pan comido”, se decía. Comenzó la carrera y, en menos tiempo de lo que tardo en contarlo, la tortuga escondió las patas y la cabeza en su caparazón. Cuando el tigre llegó a su guarida, se asomó tras los últimos árboles de la selva. ¡Cuál fue su sorpresa cuando vio el caparazón de la tortuga en el mismo sitio en que la dejó!, pero sin patas y sin cabeza. El tigre se acercó a la tortuga y empezó a buscar su cabeza para decirle que había ganado él. 
Como no la encontraba, empezó a dar vueltas alrededor de la tortuga, pero nada, no vio la cabeza por ningún lado. De modo que pensó una solución: con sus garras dibujaría una raya cada vez que anduviera un paso alrededor de la tortuga.
Al principio parecía fácil, pero al cabo de un rato se dio cuenta de que había dado una vuelta completa a la tortuga. Así que, tras mucho cavilar, ideó otra solución: hizo una raya más grande en un lado.Empezó a dar vueltas, pero nada, no encontraba la cabeza de la tortuga. Pero aprendió una cosa: cada vez que llegaba a la raya grande, parecía, que la raya se 
acercaba y cada vez que la pasaba, parecía que la raya se alejaba. Dio muchas vueltas hasta que se cansó. Se rascó la cabeza, con cuidado, para no arañarse, y se dio cuenta de que había dibujado un sol. Bueno, al menos aprendió que el sol puede estar quieto aunque parezca que se mueve». (Esto genera preguntas en el niño).
(2ª parte, otro día) «Érase una vez un gigante bailarín que no paraba de dar vueltas. Nunca se mareaba, jamás, porque era bailarín. Pero no era muy listo y creía que todo daba vueltas. Siguió y siguió dando vueltas hasta que un día se paró a descansar. Entonces vio que los árboles ya no se movían, que las montañas estaban quietas. ¡Si la Tierra se parase a descansar!».

Bueno, digamos que esto podría valer como organizadores previos para el aprendizaje significativo propuesto por Ausubel. En Infantil es especialmente necesaria la actividad del alumno, pero sin estos organizadores el niño ni siquiera puede intuir ideas tan abstractas como que la Tierra gira sobre sí misma y en torno al Sol, tan en contra de su conocimiento perceptivo. Sin embargo, muchas veces podemos precipitarnos con modelos aparentemente tangibles pero nada intuitivos, como el modelo A.; a veces conviene racionalizar el contenido y presentarlo poco a poco, aunque sea como un método de pensamiento cuasi divergente, que le invite a la reflexión o al cuestionamiento de su realidad. Así funciona la ciencia también, con alternativas al conocimiento.
Pero ¿sin interés...? Sin interés poco podemos hacer.

En fin, sólo es una reflexión.

11 de diciembre de 2012

Contar con palabras, contar algo más




Si me preguntarais acerca de Literatura, no sabría deciros mucho. Pues, lo que es peor, nada sé. Quizá que sea uno de los artes clásicos. Pero más allá del arte, ¿por qué hablamos de Literatura? Me pregunto si acaso sin ser arte podemos hablar de Literatura, puesto que hay pintura, escultura o cine aunque no haya obras maestras. Supongo que también habrá literatura que no sea arte. No lo sé. Empero, ¿puede haber catarsis aunque no haya arte?
Con esta entrada pretendo mostrar más inquietudes –canalizarlas si cabe- mediante esta acción consciente y voluntaria que es escribir. Quizá no sea Literatura, porque dudo que alcance la calidad de arte, pero en ello estoy.
Lo hago porque no puedo limitarme a lo de siempre, porque necesito escapar de lo asumido, de lo automático, para componer o recomponer mis pensamientos en este caso.
Utilizo el lenguaje, pero en su restricción escrita. Sé que es pobre, pero es necesario cuando no se domina el arte de la retórica oral. Qué bello sería que toda esta reflexión pudiera salir de mi boca sin la menor planificación. ¡El control consciente!
Me encanta el lenguaje porque permite comunicarnos, pero aún me gusta más que se pueda jugar con él. A nuestro antojo, cuando queramos... casi. Al menos para escribir. Si el aprendizaje dura toda la vida, ¿por qué no habría de permanecer en nosotros esa función lúdica del lenguaje?
Desgraciadamente, apenas hace dos décadas en que he empezado a comprender que el lenguaje no sólo es lo gramatical. Antes al contrario, lo gramatical parece ser la parte más exigua. El lenguaje es sonoro y visual, no se reduce a cadenas de símbolos, no somos simples máquinas; somos capaces de saludar con múltiples estados de ánimo, por ejemplo. Por eso digo que el lenguaje escrito es un lenguaje restringido, pobre. ¿Qué gracia tiene leer un cuento sin entonarlo?
Como docente necesito aprender a contar cosas. No sólo a reflexionar, no sólo a transmitir, no sólo a guiar con leves comentarios. Debo saber cómo seducir con la voz –no, no me estoy refiriendo a bellas señoritas, que puede que también-.
El paradigma es el teatro. Ese género, o como quieran llamarlo, en que el texto cobra vida en la escena, sin la cual el texto no es teatro. No creo que sea suficiente con evocar, con narrar sin más; el alumno necesita meterse entre bastidores. ¿Cómo va a hacerlo si sólo le imponemos un guión? Creo que debo darle parte de mi vida, poner toda la carne en el asador para que al menos prenda el fuego de la ilusión, del deseo de conocer cada vez más.
No, no basta con el texto.
El texto puede ser manifestación o garantía de que nosotros, docentes, sabemos, que le podemos ayudar a aprender. Pero el resto depende de él. Y el resto es mucho, la mayoría.
En suma, me resulta fácil hacer esta corta reflexión, pero me cuesta horrores entrar en lo anecdótico y salir con éxito. Lo anecdótico, que es lo que engancha a nuestro interlocutor, lo que tira del resto al que aludía. En esas migajas es donde entra en juego la literatura, especialmente el cuento. ¡Menudas migajas!



10 de diciembre de 2012

Hartura


No suele pasar, pero a veces es inevitable.
Las cosas cambian, las ideas aparecen y desaparecen, y los cambios son un hecho. En eso no creo que deba rectificar. Pero sí en cómo se producen esas transformaciones. Incluso si éstas se analizan en virtud de una sola variable: el tiempo.
Es inevitable el cambio, que siempre pasa porque pasa el tiempo; pero, en un ambiente cultural, en el que la voluntad tiene mucho más que decir que en la Naturaleza, suelen ser factibles de evitar los cambios profundos. Pero no siempre, como nos está demostrando la crisis.
Siempre me había parecido quimérica la idea de la revolución. Para lo cual solía argumentar en términos de irreversibilidad, apropiándome de términos de la Termodinámica. Es una cuestión de velocidad, de variación respecto al tiempo: más rápido, más difícil la reversibilidad, más cerca de la revolución que de la evolución. Sigo creyendo que una de las consecuencias de la revolución es la irreversibilidad, pero empiezo a decirme: "¿Y qué?".
¿Qué pasa si nos echamos a la calle? ¿Qué pasa si nos negamos a consumir los productos de determinadas multinacionales? ¿Qué pasa si nos oponemos a determinadas leyes? ¿Qué?
Probablemente no pase nada, porque no podrá reunirse tanto acuerdo en la acción, en la praxis. Sucede el acuerdo cuando se ha creado una ideología o una conciencia metafísica aglutinadora de consciencias individuales. Pero eso sólo ocurre contra la guerra, contra el matrimonio homosexual o contra el descenso de un equipo de fútbol a segunda be. En general suele haber un hecho detonante con el que sentirse identificado; es difícil cuando se trata de aunar diferentes interpretaciones de, en el fondo, el mismo hecho detonante. Diferentes interpretaciones como diferentes situaciones individuales o familiares.
Hay sin embargo una misma intención subyacente en las grandes corporaciones. Una intención que se justifica en términos de supervivencia. ¿Supervivencia? ¿De quién, de qué?
Cuando escucho que todos hemos colaborado en la crisis, dudo. No sé si todos nos hemos hartado de ganar dinero, de adquirir bienes (curiosa palabra). Algunas personas nunca se hartan de ganar. Pero muchas personas nos estamos hartando de ver tanto abuso; si ganaran y no nos perjudicara, fenomenal, pero no es el caso. Se produce un hartazgo. Pero, dada la escasez de miras de quienes no se hartan, prefiero llamarlo hartura, por la falta de altura de sus personas.
Yo, al menos, estoy harto de que algunos políticos se espíen o dejen de espiarse para tapar o indagar las perversiones que hacen en su intimidad, ocultos tras su poder de intimidación, preocupados de beneficiar a personas que puedan reportarles comisiones. Estoy harto de que encima se erijan en víctimas, como si lo más importante fuera su partido, ni siquiera su persona. Estoy harto de los empresarios modelo, aquellos que se creen que ganar un poco más que la competencia es justo, que no es robar. Estoy harto del valor añadido, de la expresión "calidad de vida" y de la ñoñería de quienes alaban al nuevo traje del emperador. Estoy harto de la realidad virtual que nos mantiene alejados de la calle, de los amigos, de la familia y de las relaciones cordiales, la realidad que nos hacen ver como un concurso de habilidades, de videojuego en el que las malas artes son buenas en la medida en que nos permite pasar a la siguiente fase. Estoy hasta las narices de que todo sea culpa del gobierno de turno, de que no confiemos en nuestras posibilidades. No soporto más tanta beligerancia hacia quienes se cuestionan supuestas verdades absolutas, como la religión. Me indigna quienes critican "Educación para la Ciudadanía" basándose en un supuesto adoctrinamiento, como si no lo fuera "Lengua" o "Conocimiento del Medio", o como si antepusieran la moral católica a los valores de tolerancia de nuestra Constitución o de los Derechos Humanos. Yo también me estoy cansando de tolerar algunas cosas.
Si el fin justifica los medios, quizá sea la hora de empezar a reflexionar sobre la revolución que han empezado ellos: dando pábulo a las supuestas necesidades de supervivencia de las grandes empresas, diseñando y aplicando EREs a diestro y siniestro, moviendo el cashflow que les hemos dado para sus activos tóxicos... Estoy harto de ser prudente. Harto de contener mi ira contra quienes no tienen ningún miramiento hacia los demás.
¿Por qué hemos de contentarnos con las migajas que nos dejan unos miserables? Si ellos no están hartos, yo sí. Si ellos revolucionan, otros tendremos derecho también, ¿no?

PD: Intentaré una entrada más light la próxima vez

 

7 de diciembre de 2012

Quiénes hacen la élite

Vamos a intentar no alterarnos, dado el estado de las cosas del Estado de las personas. Y dada la extraordinaria profusión de informaciones dañinas para la mayoría, menos para los que nos gobiernan y algunas pandillas de delincuentes de guante blanco que les mueven con hilos desde bastidores. Aunque, en realidad, las consabidas informaciones no son nada con los hechos que acaecen día a día, sino más bien augurios de hechos que están al caer.
Así las cosas, hagamos un ejercicio de prestidigitación, escondamos las cartas y demos rienda suelta al poder sugestionador del ilusionismo. Y hablemos, por tanto, esta vez (y una vez más) de sugestión (o de su gestión).
John D. Rockefeller
En este país de birlibirloque hay magos y brujos, magia y brujería. Hay trucos y timos, público y privado, sastres y diseñadores del nuevo traje del emperador... Y, alrededor de éste, o aspirando a medrar, los que se consideran la élite y, quienes, por supuesto, designan a sus nuevos miembros.

Tenemos un ministro de Educación que se envalentona, que saca pecho y recibe a puerta gayola la embestida de una plebe que no entiende de méritos (y que hace deméritos, según él). Pero este ministro no convoca (ni con boca) a los actores del Sistema Educativo, les cita, como en un lance del ruedo, o les llama, en todo caso. Pero se niega a consultar con ellos. Porque él (y quizá un equipo de asesores, y quizá una caterva de lobbies desinteresados) posee la última verdad, la absoluta verdad. La verdad de la élite.
La élite determina los criterios para formar parte de su distinguido club. En algún caso, no basta con establecer magníficos contactos, sino que, sobre todo, hay que poseer un formidable currículum vítae. Pero, detengámonos en esta menudencia antes de adentrarnos en el proceloso mundo de la ascensión al averno que nos niegan. Un buen currículum debe estar escrito en inglés (sí, con tilde aguda, pues el golpe de voz recae en vocal – de consejo de administración–), lo demás apenas importa, salvo algunas cosillas: no importa la carrera de procedencia si el colofón no es un MBA como dios (me perdonará si lo escribo en minúscula) manda; suelen tenerse en cuenta las calificaciones, pero, como sentenció Vespasiano, “pecunia no olet”, y, así, tampoco es significativo que las calificaciones hayan podido ser infladas (inflación subyacente, inapreciable); y, desde luego, es interesante haber referido diferentes cargos de responsabilidad con anterioridad. En esto de la responsabilidad no importa tanto el capital monetario como el humano, y por ello se prefiere hablar de capatización o de captación, frente a capacitación o incluso recapacitación. Porque, en última instancia, la élite se nutre de liderazgo, por supuesto.
Por este último motivo, en una entrevista de trabajo para la élite, lo importante es el saber estar, pero, también, el saber parecer y, sobre todo, el parecer saber. Sólo tras esta justa entrevista (o entrevistas) el candidato puede lograr o no su ansiado sueño.
La ascensión comienza en la cuna, pasa por los mejores colegios (bueno, eso dicen) y acaba por hache o por be (¡eh!, robot) en una multinacional, en el consejo de administración de un banco o en la junta directiva del PP o del PSOE. No importa su creatividad, nula (pero asistirá a importantes encuentros relacionados con la generación de oportunidades y otras mandangas), no importa su don de gentes, suelen ser coercitivos (pero apenas se despeinan y siempre tienen una sonrisa para los menos allegados), ni importan sus conocimientos (sus palabras huecas, bien colocadas en una mente bien adiestrada son dinamita).

En suma, lo importante es llegar, el resultado. Por eso el Ministerio de Educación no es también de Ciencia, porque la Ciencia da resultados a largo plazo, y eso no vende. Por eso una generación entera de científicos españoles, que estudiaron la EGB, se las ven y se las desean para no acabar trabajando en cualquier profesión diferente a la investigación. Por eso una generación entera de ingenieros que acabaron la ESO tienen que estudiar alemán, persa o chino a los treinta años (bueno, además del consabido MBA en una escuela de negocios de postín).

Pero, claro, según la propuesta de la OCDE, de la que es presidente el señor Gurría [http://www.expansion.com/2012/11/30/economia/1354290941.html], a lo mejor es que estos graduados universitarios resultan ser incompetentes (si se les hubiera evaluado de acuerdo a las key competences, otro gallo les cantaría).

Por eso en nuestro Parlamento contamos con los mejores (una señora, hija de un señor de Castellón, que se expresa con una dicción impecable – “¡Que se jodan!” –. ¿Y qué decir de los sabios consejos de los Secretarios de Estado?: "¿Por qué no decirlo? Hay un impulso aventurero, propio de la juventud, que contribuye también de forma poderosa a acrecentar la movilidad juvenil". ¿O de ese prohombre, otrora representante del empresariado, y que con su ejemplo sentenció: “Se sale de la crisis trabajando más y ganando menos". En fin, la lista de sabias y juiciosas sentencias sería demasiada extensa para los humildes límites de este blog. Vayamos, pues, para terminar, a hechos que nos demuestran que entre nosotros queda la élite, la que nos salvará de... Bueno, nos salvarán.

Sólo pondré algunos ejemplos:
Para defender la subida de tarifas de Metro de Madrid, Esperanza Aguirre (aguerrida ella) arguyó una proporción razonable en el reparto del coste entre la Administración y el usuario. Para ello expuso la situación de Metro a principios de la Democracia, la proporción de otras ciudades europeas y se llenó de flores a propósito de la extensa red viaria suburbana madrileña. Pero no dijo nada de la tremebunda inversión (que de no ser amortizable en un período razonable, más valdría apuntarla como gasto) desembolsada apenas unos años ha en estaciones y tramos con escasísimo uso.
Desde la Oposición al Gobierno, diferentes cabezas visibles, con el señor Rajoy despuntando, nos llenaron la quijotera de pájaros: que si la prima de riesgo bajará drásticamente en cuanto entremos en el gobierno, que si no congelaremos las pensiones, que haremos una reforma laboral consensuada, que bajaremos el paro en más de tres millones de personas, que si bla bla bla. Pero todo está siendo falso.
Bankia, sin comentarios.
El desmantelamiento de la Sanidad Pública en Madrid, sin comentarios.
El incremento de la deuda de Telemadrid de 40 millones de euros en 2003 a 240 millones en 2012.
La estrepitosa caída de audiencia de RNE de más de un 20 % por una remodelación de plantilla “que tocaba ya”.
El cierre de empresas por la caída del consumo interno y las carencias competitivas.
Pero siguen ERE que ERE, y seguir enumerando calamidades resulta arduo cuando, desgraciadamente, siguen existiendo más de ocho millones de españoles que les seguirán votando (y más de siete millones que seguirán votando a los otros).

Pero siempre nos quedará la Educación (sin ciencia, sin conciencia, pero, eso sí, con decencia). Se nos presenta una Ley Orgánica desalmada, porque, siendo orgánica (de garantía de derechos) se gesta pensando en la segregación entre quienes pueden y entre quienes pueden más. Una ley que llama al populismo nacionalista español mientras esconde prebendas a minoritarios pero poderosos grupos de poder. Una ley que defiende contenidos instrumentales (Lengua y Matemáticas) que rara vez serán valorados en la vida adulta por parte de las élites que mandan, si no son tamizados, perfeccionados y, entonces sí, instrumentalizados en las escuelas de negocios para mantener el orden que les interesa a esos pocos. Es mejor abrir los ojos, de verdad.

Cuando las nubes parezcan osos de peluche, te enseñaré cómo es el peluche. Cuando los ríos discurran entre árboles, te mostraré cómo es un árbol. Y, cuando el Sol sonría en lo alto, te sonreiré para decirte: “Eres un sol”.
Entonces comprenderemos que somos felices por hallarnos en este mundo, juntos y junto a mucha gente.
El viento besará nuestros rostros, el suelo nos mantendrá. Siempre estaremos juntos, hijo. Pero dime algo: ¿Cómo has vuelto a suspender Lengua? No me lo explico.


3 de diciembre de 2012

Corrupción y trastorno de la personalidad




¿Es un corrupto una persona afectivamente equilibrada? En función de la respuesta se puede colegir una u otra vinculación entre ética y psicología.
Para no divagar sobre cuestión tan abstracta, propongo fijarnos en los motivos que podrían impulsar a un corrupto a cantar la gallina. Desde una distinción simplista podríamos establecer motivaciones endógenas o exógenas, pero estamos convencidos de que en algún momento ambos tipos de motivación convivirían de una forma u otra. Por ejemplo: el corrupto es denunciado y, ante la infalibilidad de las pruebas, éste acaba reconociendo su culpa, en parte por evitar males mayores. O bien: el corrupto, profundamente arrepentido, confiesa motu proprio su intencionado error, esperando quizá que su acto de contrición contribuya a atenuar las execrables consecuencias para las personas de su entorno.
En cualquier caso, se produce un dilema entre sus propios intereses y los de su comunidad. Un dilema que en su día, cuando optó por el error intencionado, creyó haber resuelto, pero que, sin embargo, es muy probable que permanezca el resto de sus días en su conciencia, si la tiene. Si no la tiene, estamos contestando a la pregunta inicial con una rotunda negación: el corrupto no es una persona afectivamente equilibrada, sino un psicópata, para quien no hay dilema.
Si el corrupto no es un psicópata, sino que simplemente vio una oportunidad de mejora personal, sin apenas daño para otras personas, quizá entonces quede alguna esperanza de que alguna vez pueda llegar a admitir su error.
No obstante, la admisión del error supone un esfuerzo enorme, tanto mayor en la medida en que conlleva más perjuicios para la persona que lo admite. Pero, aun siendo enorme el esfuerzo, hay que tener especial cuidado en no considerar a esas personas arrepentidas como héroes. Tiene mucho más de héroe la persona que en situaciones similares no hubiera caído en el error. Y, aunque tiene mérito, no es ninguna heroicidad cumplir con el deber. De la existencia de héroes y heroínas anónimos nos podemos percatar en ésta y otras sociedades. Personas que, impulsadas por un amor a los demás, sacrifican parte de su vida para compartir. Todos conocemos a alguna de estas personas.
Ahora bien, si para que mejoren algunas cosas, es necesario llamar héroes a los corruptos que traten de redimirse, así les llamaré, con tal de que con ello contribuyan a paliar sus tropelías. Venga: necesitamos héroes.