16 de enero de 2013

Del egoísmo ilustrado

Tomemos partido por nuestra visión antropocéntrica, aquélla que nos erige mejores entre todos los seres. Seres sin apellidos, simplemente seres, todos los elementos que conforman nuestra realidad y no son seres vivos pensantes. Quizá buscando alguna motivación para seguir siendo lo que somos. Aunque quizá no la necesitemos, si nos salimos del antropocentrismo, como tampoco la necesitan –o eso nos parece- los demás seres, ya sean vivos o inertes. Nuestra concepción parte de la idea del hombre en comunidad, que convive con su entorno social y físico, y que en comunión construye su propio entorno individual. No creemos en el hombre aislado, incapaz de desarrollarse plenamente de manera autónoma, y tampoco creemos en el hombre determinado exclusivamente por su ambiente externo. Defendemos la existencia de una estructura casi común, que es la que nos lleva a identificarnos como hombres. Pero también abogamos por esas peculiaridades individuales que escapan a cualquier patrón. Razón por la cual se nos plantean serias dudas sobre la uniformidad de pensamiento, sobre la existencia de una gran conciencia colectiva 1. Ya que, incluso en el supuesto de que sólo dependiéramos de nosotros mismos como grupo, nos cuesta imaginar que existiera siempre un consenso sobre la dirección a tomar. La voluntad individual coexiste con la voluntad colectiva y no siempre es posible el diálogo entre ambas. Como dice Freire 2:

«Los hombres, por el contrario [que los animales], dado que son conciencia de sí y así conciencia del mundo, porque son un cuerpo consciente viven una relación dialéctica entre los condicionamientos y su libertad». (Freire, 1970, p.120)

De forma que llegamos a otra gran cuestión, esta vez desde la Ética: damos por hecho nuestra existencia individual, cada uno la suya, y, en un gran esfuerzo tomamos conciencia de las de los demás; sin embargo, en esa toma de conciencia se producen otras adquisiciones: nuestros afectos trascienden y nos afectan los de otros. Éste es el motor de nuestra colectividad, nuestra fibra sensible, la conexión universal. O no. Ése es el dilema: ¿por qué habría de preocuparme por los demás? Basándonos en la máxima de Kant, no hagas para los demás lo que no querrías para ti, por egoísmo ilustrado. Si hemos dicho que no estamos solos y que dependemos en cierta medida de las relaciones con los demás, si no lo hago por ellos, al menos, lo haré por mí.

Con ello queremos significar la importancia de nuestra presencia en esta realidad. Si no creemos en la bondad, ni en el altruismo, creamos, en una superación del antropocentrismo, en nosotros, cada uno en sí mismo, sin olvidar que no somos autosuficientes. Quizá yo crea en la bondad del hombre y ello me impulse a obrar también por los demás, pero no conozco a todas las personas. Quizá crea en un fin común, bueno y solidario para todos, pero no sé si los demás creen lo mismo. Hagámoslo por nosotros, sin preocuparnos de dónde venimos ni adónde vamos, sino porque estamos y queremos seguir estando, y, puesto que estamos, estemos lo mejor posible. Aquí surge el ejemplo del misionero, esa persona que actúa en beneficio de otras personas, incluida ella, por supuesto. O el del kamikaze, que actúa en perjuicio de otras personas para el supuesto beneficio de otras, creyéndose recompensado también, por supuesto. O el del especulador inmobiliario... ¿O éste no? Todos parecemos compartir esa preocupación por los demás, pero todos parecemos guardar para nosotros nuestra preocupación por nosotros mismos, por nosotros como individuos.

Son nuestros agónicos argumentos en esta sociedad, global para unas cosas e individualista para todo. De acuerdo, ya nos hemos cansado de predicar el bien para los demás, es hora de predicar el bien para cada uno: que cada cual mire para sí, pero que no olvide su soporte ecológico, que no olvide el efecto huracanado provocado por el aleteo de una mariposa al otro lado del Mundo.

1 Durkheim, E. (1895,1991): Las reglas del método sociológico. Madrid, Akal

2 Freire, P. (1970): Pedagogía del oprimido. Madrid, Siglo XXI



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