15 de septiembre de 2013

Vitaminas añadidas


Los otrora estudiantes se acolchonan bajo el seno familiar, cuya sombra les cobija hasta el invierno. Mas, cuando hayan caído las hojas, como los pétalos de una margarita “me llaman, no me llaman, me quieren, no me quieren”, nos encontraremos en las mismas: miles de emigrantes. Mientras, los ingenieros de la Economía patria seguirán estimulando el crecimiento sobre la deuda: valor añadido, ya saben.

El traje nuevo del Emperador, por Irene Singer

Nunca el progreso se ha vendido de manera tan chusca. No importa que hayas hecho un doctorado y tengas el propósito de seguir investigando sobre la fijación biológica del nitrógeno. Te dicen que lo sustancial es que te recicles continuamente en las nuevas tecnologías, en la gestión de equipos humanos y en no sé qué gaitas. Así, de paso, se matan dos pájaros de un tiro: se evita fijar la atención en la anquilosada estructura empresarial española, y se desprestigia aún más a la Universidad pública.

La solución nos la están dando quienes compraron sus títulos en las escuelas de negocio, en las universidades privadas o en el mercado negro de contactos de acceso a la función pública. Esto último, para quienes no lo acabéis de haber comprendido, lo entenderéis mejor si os preguntáis cómo es posible que entre algunos de nuestros “egregios” gobernantes hubiera: un registrador de la propiedad, un par de abogadas del Estado, un par de técnicos de Información y Turismo, y, cómo no, un inspector de Hacienda. La solución que nos dan tan insignes dirigentes (gobernantes y altos ejecutivos de grandes corporaciones) no suele pasar por lo que en ellos ha contribuido notablemente a su éxito personal, que no es otra cosa que su pedigrí y, en muchos casos, un sistema político proclive (demasiado proclive, como ya apuntaba). No. Lo que esta casta (no todos son “la casta”, otros son meros mamporreros) preconiza es el adorno, el falso compromiso y el sálvese el que pueda. Es en cierta forma parte de lo que les ha acompañado toda su vida para montarse a lomos del éxito profesional, pero que, desde luego, ellos nos venden en su versión disfrazada: esfuerzo, tesón, libertad, lealtad... Es curioso, porque esto último, lealtad, no es más que una manera ridícula de llamar al contrato con quien les hizo favores.

Esta caterva de prohombres se las dan de trabajadores incansables, de amigos de sus amigos, familiares de su familia, defensores de los valores universales... Vamos, unos dechados de virtudes. Pero son personas mediocres, ni más ni menos, como la mayoría de nosotros. Lejos de lo que dicen promover, ni son excelentes en su trabajo ni son referencia de nada que sobrepase la mediocridad. Son capaces de reírse de sus propios chistes (pero no de sí mismos), hasta se admiran cuando tienen un artilugio de última generación y que en su vida serían capaces de sacarle la décima parte de su partido. Porque en el fondo son unos clásicos. También suelen hacer loas de la calidad de vida, de esa que han empezado a seguir instruidos por algún chamán de los que les rodean: que si comida sana, que si pilates, que si paddle, que si jogging... Lo que jamás han hecho en su vida, pues eran los últimos en ser elegidos para echar un partidillo de fútbol, a los que nadie sacaba a bailar en las verbenas... Sin embargo, ahora parecen lucir tipín, se codean con diseñadores y demás seres emperifollados. Y se unen para fomentar tachán la Marca España.

Porque de eso se trata, de crear imagen “competitiva”. Hemos de reconocer que en eso no se les ha dado mal. Pero veamos a qué precio.

Básicamente consiste en crear valor añadido a la mediocridad. Por ejemplo: tienes un yogur, pues le añades bacilos intestinales; tienes una zona de terrazas en el centro de Madrid, pues introduces la figura de la cup of relaxing café con leche... Y así. El truco lo conocen los publicistas desde hace tiempo, incluso antes de “el nuevo traje del Emperador” que narró el genial Andersen (que supongo que nada tiene que ver con la consultora de Arthur). Ahora se trata de dar cancha a la generación más formada de nuestra Historia para que hagan de su capa un sayo y se dediquen a vender. Lo que sea: productos milagro, playas paradisiacas, cultura de vanguardia, aplicaciones informáticas de lo que sea... Hay que vender; no importa tanto la verdadera calidad ni los beneficios reales de lo que se ofrezca; es cuestión de imagen. Es deuda sobre deuda, virtualidad sobre virtualidad, o, como se dice en el mus: engordar para morir.

Tubos homeopáticos
Porque pretenden que nuestra sociedad se impregne de esa mediocre idea que asola la economía mundial: la especulación, crear valor a base de crear ilusión, a base de aumentar el valor marginal, esa suposición de que el precio se ajusta al valor. Sucede con el mercado de futuros, sucede con el mercado de cosméticos (muy propio), sucede con el mercado farmacológico, con el energético, con el de las nuevas tecnologías. “Ustedes consigan crear una necesidad, consigan un tiempo de falso bienestar en el consumidor, y, para sostenerlo en el tiempo, aumenten la repetición de compra (por al menos dos vías: aumentando la obsolescencia, y aumentando la rotación del producto)”. Pretenden la huida hacia delante: inflar, inflar e inflar la deuda; la burbuja constante. Marx predijo un crash del capitalismo por la incapacidad de soportar una deuda colosal, pero Marx no es santo de devoción de los que ahora mandan (fieles seguidores de los que han mandado siempre).

Pues nada, si tu propósito era seguir investigando sobre la fijación del nitrógeno en las cianobacterias, baja la cabeza, echa tu currículum vítae a una compañía petrolífera, y espera encontrar un hueco en su departamento medioambiental. Te hartarás de ser creativo elaborando trípticos y colaborando con el departamento de comunicación de la compañía. Absténte de participar en foros científicos que pongan en solfa la adición de complejos vitamínicos a champús, a yogures y a una diversidad de ungüentos. No importa que sepas que el bálsamo de Fierabrás se puede encontrar en una alimentación sana, diversa, equilibrada y, sobre todo, barata. Tu misión es su misión, o sumisión, como tú lo veas, pero que sepas que son molinos, y gigantes.


Nota sobre este post: No creo que todo esté perdido y por eso aún podemos dedicarnos a esto. Más que una nota bibliográfica, me gustaría remitiros a uno de los extraordinarios blog que sí pone en solfa muchas de las falacias que arrojan desde algunos departamentos de marketing. En particular, os puede interesar El Imperio del Revidox, del químico José Manuel López Nicolás.


11 de septiembre de 2013

El poder de la hora


Nada viaja más rápido que la luz y, sin embargo, hasta hace poco más de un siglo aún se creía que algunas acciones podían ser causas de fenómenos de manera instantánea. Así: aquí y ahora, ¡chas! Hasta entonces podíamos creernos eso porque no era tan mala aproximación de lo que hasta entonces observábamos. Pero ahora sabemos que se produce cierto retardo entre las comunicaciones por satélite, por ejemplo. La velocidad de la luz no es infinita.


La luz del Sol tarda ocho minutos en llegar hasta nosotros (unas horas más si es de noche; toda una vida si estamos en una celda de aislamiento), pero siempre sale el Sol. Por Antequera o por donde quiera, pero sale. Y con esa frase podemos ir al fin del mundo, porque siempre sale. Y, más aún, puedes entender que de todo se sale. ¿Cómo? No lo sé, pero se sale, como también sale el Sol.

Si no te funciona, por poner un ejemplo, la “maravillosa” ley de la atracción, basta con que te aísles del antes y el después y repitas conmigo: “ahora es lo que vale”. Pero no ahora, sino ahora... Porque no es lo mismo cuando estás en la primera “a” de “ahora” que cuando estás en la última “a” de “ahora”. Esas centésimas de segundo que median en la lectura o en la pronunciación entre el principio y el final de la palabra “ahora” pueden ser determinantes. No dejes que tu mente, esa entelequia discordante, te nuble la realidad; nada hubo antes y nada habrá, todo es ahora.

Tan pronto como te dispongas a soñar, amarra tu interior y no te dejes seducir por el reverso tenebroso de tu mente.

Deja para otro momento tus proyectos, tus ilusiones, así como tus buenos recuerdos y tus aprendizajes. Nada de eso vale ahora. Desde este instante estás vinculado al poder de la hora. Que no se te olvide.

Sincronicemos nuestros relojes.

Te has entretenido leyendo este articulillo, llegas tarde y no tienes excusa. Estás en manos del poder de la hora. No importa cuán larga sea la espera de quien cuente contigo a la hora convenida, vas a llegar tarde y eso siempre merece un reproche. Pues nadie está obligado a perder su tiempo, sus preciosos “ahora”. Pero, como buen ahorista que eres, sabes que lo puedes compensar con un certero: “Tranqui, que de todo se sale”, o con un: “Siempre sale el Sol”. El presente es lo único real: olvídate de las causas y de las consecuencias y, como puedes suponer, olvídate del resto de la Humanidad. Piensa en tu yo (no en mi tú). Eres lo más preciado que tienes, cualquier libro de autoayuda te lo dirá.

Sincronizados nuestros relojes, eres ahora dueño de la situación, porque sólo es tu situación. La hora no es una norma, escapa de quien te la ponga, porque eso no es el presente, no es el ahora. El trabajo puede esperar, vive cada instante como si fuera el último y no tendrás que preocuparte de llegar a fin de mes, ni tus hijos. Enséñales a vivir al instante, sin ir más allá: sin límites, libéralos desde ya, libres del poder de la hora. Sin horario de comidas, sin horario de sueño... Y olvídate de quedar con los amigos o familiares, ya os encontraréis. Porque lo importante es que sincronicemos nuestros relojes y sólo podemos hacerlo con nuestro interior. Lo demás es fruto de nuestra mente, que nos engaña y nos oculta el mundo real.

Ahora ya puedes descansar, ya conoces el verdadero poder de la hora. Tú eres el dueño de tu destino. Y tu destino es ahora. No lo olvides, o, mejor, olvídalo, porque no tienes que pensar en nada ni recordar nada. No proyectes, sólo sitúate, y disfruta. No hay nada más, lo demás son pamplinas. Porque, todo esto es ciencia, de la buena, de la que no puedes prescindir, porque, aunque la velocidad de la luz no sea infinita, la luz es infinita en ti desde que eres consciente del poder de la hora.

Ahora.

PD: Estimado lector, esta entrada forma parte de un experimento mental. No trate de repetirlo en casa sin la ayuda de un gurú autorizado y con un reloj debidamente homologado.