29 de mayo de 2015

Fracasar de éxito

La rueda de prensa de Esperanza Aguirre dos días después de las elecciones municipales me ha suscitado una pregunta: ¿qué se considera éxito?



A bote pronto el éxito parece que tiene que ver con alcanzar lo que uno se propone. Pero a veces lo que uno se propone tampoco es realmente lo que uno quiere, sino lo que pretenden los demás de uno. El autoengaño forma parte de nuestra quimérica realidad. No solo por motivaciones exógenas, sino también por sueños muy alejados de lo posible. Como el de aquel mecánico que se pasó media vida detrás de la máquina del movimiento perpetuo hasta acabar en la indigencia. Los sueños, ¡ay los sueños! ¿Cómo vivir sin ellos y cómo no vivir con ellos?

No encontraréis en este modesto blog ninguna pista sobre ello. Se me ocurre, quizá, que algunos sueños se cumplen al pellizcarnos y otros, sin embargo, tras haberlos perseguido, acaban siendo humo. Pero supongo que cada cual sabrá qué es lo que sucede en un momento dado.

Pasemos pues a los sueños que nos hacen creer los demás. Aquellos que, por ejemplo, son capaces de hacernos renunciar a esos principios que creíamos grabados a sangre y fuego en nuestro pecho. Que levante la mano el científico que esté dispuesto a publicar un libro alabando la homeopatía por un modélico precio. Sí, no módico. Ofrezcamos un millón de euros a un humilde astrofísico para que estampe su firma en un futuro best seller sobre astrología. Ahora prometamos una vida feliz para un concejal del ayuntamiento de Madrid y su familia por varias generaciones.

Decididamente, no todos tenemos un precio y el éxito depende de cada cual, no de los demás, pues no es más que una valoración.


PD: No he querido referirme a la extorsión ni al miedo. Pero baste con esta frase: “El fin justifica los miedos”.

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20 de mayo de 2015

Hazlo por todos

Soy una persona que acostumbra a pensar con candor. Habrá quienes me fulminen por juntar en la misma frase “pensar” y “candor”, pero no me irrita, pienso candorosamente, y así lo siento. También por ellos lo lamento. No me siento cómodo en el lodo. Hay quien se desenvuelve ahí como pez en el agua, pero tampoco me van mucho sus emanaciones. Prefiero aprender de las personas a discutir soflamas.


La amistad me parece una buena forma de conexión, tanto mejor cuanto más sincera, ya sea para un roto como para un descosido, incluso para los buenos ratos, que suelen ser los más abundantes. Pero, si no los hay, ya los habrá, me digo cuando no es así. No obstante, a veces uno se lleva desengaños. Como pasa con tantas cosas en esta breve vida, qué se le va a hacer.

Sin ir más lejos, aquí cerca, sin irme por los cerros de Twitter, he notado la ausencia de personas que compartieron juegos y risas de niños y en la adolescencia. Personas que de una forma u otra dejaron parte de su impronta en mí mientras nos merendábamos bocadillos de chorizo y queso, mientras chismorreábamos de cromos, del último juego del Spectrum o de las fiestas del pueblo. Personas que respeto y de los que guardo imágenes imborrables de nuestras primeras salidas con el coche, de nuestras primeras borracheras y de nuestros primeros escarceos para arrimarnos a un grupo de chicas. Recuerdo aquellas cosas comunes que teníamos en pandilla, comunes también a otras pandillas. Tampoco eran tan distintos los intereses en uno u otro grupo. Pero las cosas empezaron a cambiar, como si fuera ley de vida. Acaso es ley de vida, ¡qué diantres! Pero tanto, que ya no reconozco a algunos amigos o algunos ya no me reconocen. O las dos cosas. Ley de vida, como parece. Sin embargo, algo aprendí sobre la justicia cuando Edu se llevó una manta de hostias por defender a René de cuatro abusones –alguna hostia me salpicó–. O de la solidaridad, cuando pusimos el dinero de Salva para que se viniera también al cine del barrio, muchas veces. O saber de dónde veníamos cuando nos contábamos las peripecias de nuestros padres y abuelos cuando llegaron a Madrid. También hicimos de las nuestras, pero siempre supimos quiénes éramos.

Ahora nos separa el estatus, nos hacen creer. Pero seguimos siendo los mismos en esencia, hijos de obreros, currantes. Que tengas un chalé, que no tengas curro, que estés en la cresta de la ola, que estés pasándolas putas... no te hace diferente en esencia a quien eres, a quien siempre has sido. Tú no eres un corrupto ni un ladrón ni un asesino, no necesitas un golpe de suerte ni un favorcillo ni una burbuja donde protegerte de la chusma. No te dejes engañar por cantos de sirena ni por datos cocinados o enlatados. Es probable que la experiencia te haya dado más sabiduría. No la desaproveches y vota para recuperar parte de tu infancia. Abre los ojos y vota justicia, solidaridad y realidad. No resido en Madrid; si así fuera, votaría a Manuela Carmena. Si la vas a votar, no lo hagas por mí, hazlo por todos.


10 de mayo de 2015

Diez millones de moscas


Érase una vez el conjunto de todos los conjuntos. Tal era así, que también tenía a todos los conjuntos infinitos. Diose cuenta de que él también pertenecía a sí mismo y, así, pensando pensando, se dijo: “Pero, entonces, al contenerme a mí mismo, ya hay otro conjunto al que pertenezco, y, por tanto, ya no soy el conjunto de todos los conjuntos”.

Guercino: Et in Arcadia ego

Algunos estamos hasta las narices de recibir mensajes del éxito de los demás. No solo de los consabidos cuñados ni de los pelmazos que aún mantenemos en la categoría de amigos. Por no hablar de los rutilantes “new looks” de famosos y famosetes, vendidos como éxito, pero de dudoso resultado en sonados casos. Y qué decir del coche que lleva tal, de la camisa que lleva cual o del perfume que se echa Pascual. Pero hay un mensaje que parece que suele calar siempre: “Lo que hace, compra o usa la mayoría”. Y no, no es una cuestión de envidia, que a veces se puede caer en ella porque somos humanos –¡qué gilipollez!–. No. ¿Es que no se han parado a pensar que nos importa tres pepinos que un coche, un disco o un libro sea el más vendido?: “Coma mierda; diez millones de moscas no pueden estar equivocadas”.

Sí, desde luego que lo han pensado (ellos y ustedes).

Cuesta conocer a alguien que no diga querer ser normal y, sin embargo, cuesta encontrar a alguien que haya renunciado a su momento de gloria alguna vez. Por supuesto, ante los demás, no ante el espejo. Claro, que hay otras razones. ¿Quién no ha seguido el consejo de pararse a comer en un bar de carretera en el que abundan los camiones? Dicen que se suele comer bien por un precio razonable. Pero llévenlo al extremo: Busquen el restaurante de comida típica de cualquier región y vayan al más frecuentado; si disponen de tiempo, otro día vayan a otro con menos publicidad estática y con menos vehículos en el aparcamiento, pero con aceptable afluencia. Hagan la prueba, muchos de ustedes preferirán el segundo. Porque no hay una relación exacta entre el producto más consumido y el mejor. A veces coincide y a veces no. Incluso podría cuestionarse la existencia de una correlación entre los más consumidos y los mejores (en plural). Piensen en las elecciones legislativas. Por eso existe la venta; cada vendedor muestra su producto como el mejor en algo (algunos vendedores, el mejor en todo) o de los mejores. Y suele destacar ventajas, pero no explícitamente contra la competencia (a veces sí, especialmente en campaña electoral, que califico como permanente, por cierto).

Paradójicamente, solemos dejarnos llevar por eso mensajes de normalidad, de mayoría gaussiana, y, al mismo tiempo, en esa normalidad, nos refugiamos para sacar de vez en cuando lo genuino. Bueno, lo que nos venden como genuino. Que generalmente suele expresarse así: “Cuando yo estuve en”, “cuando yo hice tal”... “YO también”. Eso mola cuando no hay nada que contar. Pero, ¿saben cuál es el problema? Que ahora está de moda ser diferente en algo. ¡Coño! Sí, ahora se lleva ser creativos, innovadores, tener una conversación interesante (bueno, esto siempre es recomendable), practicar un deporte raro, citar a Churchill, a Einstein y al sursuncorda, etcétera. Porque, aunque parezca increíble, queremos ser normales sin pasar inadvertidos. Y así llegamos al súmum del delirio con este mensaje: “No importa que hablen bien de uno, lo importante es que hablen, aunque sea mal”. ¡Toma ya! Y, queridos niños, así es como caemos en la mediocridad de nuevo, pero la sociedad en su conjunto, en esa estupidez infinita a la que dicen que Einstein se refirió –¿lo ven?–, encarnados por los disparates a los que llegan los dirigentes políticos, que ni sus asesores saben ya qué escribirles.

Pero no, nadie querría ser el más anodino. Además, ¿de qué serviría? En esta estrafalaria sociedad de la información sería convocado una suerte de concurso a la persona más anodina. Más tarde o más temprano, créanme. Y, en ese caso, la persona más anodina dejaría de serlo al ganar ese concurso.

Así es, el pez más grande se come al chico. Traten de ser ustedes mismos y cuenten que también leyeron este post.