23 de abril de 2017

Nadie podrá demostrar...

Parece que nos olvidamos de la corrupción en las elecciones y que volvemos a acordarnos solo cuando algunos sospechosos son citados a declarar o cuando son detenidos. Mientras, vamos echando pestes contra las listas de espera en Sanidad, contra el médico que lleva una hora de retraso en la consulta, contra el profesor, contra el funcionario de la ventanilla, maldecimos el atasco para ir al trabajo, movemos Roma con Santiago para atender a nuestro familiar dependiente, despotricamos contra el servicio de atención al cliente de operadoras telefónicas, muchas familias pierden su empleo o malviven con salarios miserables, otras acaban en la calle… Pero, por lo que sea, solo reaccionamos cuando actúan la Policía, la Guardia Civil o la Justicia. O parecemos reaccionar.

Manifestación de la Marea Blanca en 2013 (fuente)

Esto no es nuevo; «nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena». Nos acordamos, como dice el refrán, pero no estoy convencido de que reaccionemos. O no todos o no de forma suficiente, incluido yo.

Por un lado, todos las desgracias que enumeré al principio (y algunas más) no las sufrimos todos, sino «únicamente» las personas más desfavorecidas. Pido que os fijéis en el carácter absoluto que he ido dando a los cuantificadores («todos»). Ahí está parte de la trampa: todos, cuarenta y seis millones de españoles, no somos quienes sufrimos todo lo enumerado. Como dije, únicamente una minoría. Ahora bien, a esta minoría la podemos cifrar en varios millones de personas. Lejos de solidarizarnos con ellas, tendemos a centrarnos en nuestros propios problemas. Bien porque hacemos un mundo de nuestros particulares problemas; bien porque creemos imposible acabar en la pobreza, porque tememos simplemente pensarlo o porque huimos de ello, en definitiva; bien porque les hacemos responsables de su mala estrella… Y, claro, también nos atribuimos a nosotros mismos la facultad de no habernos estrellado. Sea como fuere, esos millones de personas que viven en el ostracismo «no son de los nuestros». A veces, ni habiendo sido personas allegadas. Primos, abuelos, hermanos, amigos de la infancia, que, de un tiempo a esta parte, pasaron a ser meros conocidos. El distanciamiento se produce en mayor grado cuanto menor era la familiaridad o la afinidad, y esto parece algo natural; simplemente, sucede así. De modo que, además de zonas localizadas de pobreza (cuasiestructurales), cada uno de nosotros hemos ido aislando a nuestras sobrevenidas ovejas negras en esta larga época de vacas flacas. Pero, repito, sumados todos, son varios millones de personas, muchas de los cuales han sido allegadas en buena parte de nuestras vidas.

Por otro lado, la mayoritaria clase media (denominación de amplísimo espectro) creemos integrarla personas con intereses, miedos y expectativas muy diversas. Así, lo que afecta a mi vecino, puede afectarme o no, y viceversa: si su hijo lleva seis años escolarizado en barracones, es su problema; mis cuitas con las cláusulas suelo son mi problema. Los síntomas de podredumbre del Sistema no nos afectan a todos directamente, o, al menos, no nos afectan con la misma intensidad. Por ejemplo: la subida del recibo de la compañía eléctrica no causa el mismo escozor a todas las personas; algunas, mientras puedan pagarlo, solo se quejan; otras, aun pudiendo pagarlo, buscan otras alternativas, y otras incluso se unen a un colectivo para denunciar como un abuso el incremento en la factura. Pero, son tantos los frentes abiertos al calor de la austeridad, que no sé si es sano mentalmente estar en pie de guerra todo el santo día. De hecho, este estado mental de vigilancia constante podríamos añadirlo a las razones que explican nuestro distanciamiento de las necesidades de otras personas. Y aun de las personas, como aludimos.

Quienes esquilman el erario público saben de nuestras disensiones. Sería aventurado afirmar que también alimentan estas individualidades. Y sería simplista abundar sobre un proceso, el de la formación de una sociedad cada vez más individualista, que lleva produciéndose durante decenios y en el que hemos participado la mayoría de nosotros y de quienes nos preceden. ¿Consecuencia del capitalismo? Quizá. ¿Modernidad líquida? También quizá.

Y en los «quizás» nos perdemos. Porque a quien le consta que la educación pública está en retroceso puede atribuirlo a la baja profesionalidad del profesorado, a los recortes presupuestarios, a las sucesivas reformas legislativas o, de un plumazo, a una sociedad decadente. Lo mismo con la sanidad pública o con los servicios sociales.

¿Qué pruebas necesitamos para demostrar que se están privatizando servicios básicos con intención ladina? Servicios básicos que la mayoría hemos experimentado como esenciales para mejorar nuestra calidad de vida, tanto individual como colectivamente, en términos generales en los últimos cuarenta años. El problema estriba en que la mercantilización de los servicios básicos no repercute a corto plazo en la vida de todos: «¿Por qué no contratar un plan de pensiones? Total...», «¿o un seguro médico privado?». No solo eso: ha ido calando el mensaje falaz de que la empresa privada gestiona mejor todo tipo de servicios. Un mensaje interesado, por supuesto, generado por quienes pretenden hacer negocio con la sanidad, con las pensiones, con los geriátricos, con la educación, con el agua, con las telecomunicaciones, con la energía… Pero no se puede demostrar.

Esa es la falla de nuestra democracia: todo esto no es fácil de demostrar judicialmente, que es lo que cuenta en una democracia. Y, cuando se demuestra, miramos al corrupto, al que han pillado, al que nos señalan. El cabeza de turco, el lastre que dejan caer quienes permanecen agazapados en las cloacas: los sospechosos y los insospechados. Porque solo nos rendiremos a la evidencia. Pero ¿qué hay de las evidencias sintomáticas? ¿Acaso no hay tres millones de niños inmersos en la pobreza? ¿Acaso no ha decrecido drásticamente la inversión pública en I+D+i, en educación y en sanidad públicas, en servicios sociales… mientras se ha incrementado el negocio de las empresas privadas que prestan esos servicios? Y las telecomunicaciones y las eléctricas y las funerarias…

En mi naturaleza escéptica, trato de huir de teorías conspiranoicas. Pero hay puntas del iceberg que jamás imaginé que vería: un tipo que fue Vicepresidente Primero del Gobierno y Ministro de Hacienda, condenado a cuatro años de prisión por el uso fraudulento de tarjetas de crédito; un tipo que fue Presidente de la Comunidad de Madrid, encarcelado por liderar una organización criminal dedicada a desviar fondos públicos, por citar un par de ejemplos. Como correlación no implica causalidad, supongo que estos casos aislados no tendrán nada que ver con presuntos movimientos que han ido alejándonos de los más desfavorecidos. Aunque, no sé por qué, intuyo que, en realidad, nos ha ido alejando a todos de una democracia solidaria, justa y con esperanza. Una señora democracia, vamos.

Bueno, solo es intuición, porque, después de todo, como han ido apostillando algunos sospechosos (y solo sospechosos), como nuestro actual Presidente del Gobierno: «Nadie podrá demostrar...».


11 de febrero de 2017

«I’m a doctor!»

Esto no es la historia de mi hermana, sino retazos de una gran mujer. Eso sí, tengo la suerte de que es mi hermana y todos tenemos la suerte de que es investigadora.

¡Y, además, diseña!

Jugó con muñecas, jugó con clics, y a saltar y a correr como hacíamos todos. En los ochenta era más habitual (quizá menos que ahora) que las niñas hicieran ballet y no tanto otras actividades físicas deportivas. Por eso, después de un año de ballet, les dijo a mis padres que quería hacer judo, como sus hermanos. Y fue de las mejores, y en natación. Y es la única que sabe bailar con gracia.

En la vieja casa del pueblo aún te recibe el suelo en el que ondean guijarros. Los que ella y nuestro padre incrustaron en el cemento alternando la posición de un molde de madera con forma de arco. Era adolescente y ya tenía las ideas claras: quería ser matemática. Siempre ha sido una devoradora de libros; creo recordar que por entonces releía entusiasmada Alicia a través del espejo. Quizá animada por los acertijos que nuestro padre nos sacaba del Circo matemático de Gardner, entre otros. Es cierto, papá siempre nos espoleaba con su gran capacidad matemática. Pero siempre fue nuestra madre la defensora de los casos perdidos, la socialista utópica, la feminista, la adalid de la justicia universal. Algo de nuestros padres tendrá mi hermana, ¡digo yo! De mis hermanos, también, claro. Incluso de mí, que puedo vanagloriarme de haberle explicado qué eran los vectores (ella en segundo de BUP, yo en COU). Fíjense: ya entonces mi hermana quería ser matemática y yo ni me imaginaba que quería ser profe.

Se licenció en Matemáticas y se fue a finales de los noventa a hacer el doctorado a Holanda. Ni sabía holandés ni sabía el inglés suficiente ni conocía a nadie. Pero nada arredra a mi hermana, ni la soledad de aquellos primeros años en Ámsterdam. Que acabaron siendo cinco. ¡Qué alegría cuando salió de la defensa de la tesis!: «I’m a doctor!, I’m a doctor!». ‘Pseudo Parabolic Equations’, una contribución para abordar una perturbación localizada de acuerdo a ecuaciones pseudoparabólicas de difusión y cómo se propaga en un estado inestable. Después vinieron los años de postdoc en Viena y en Nottingham. Y siempre, siempre, siempre con esos ojazos azules que no sabes si te miran o si te traspasan tratando de atar cabos para abordar algún problema matemático para el siguiente paper.

Y nada más, que aún te queda mucho por hacer. Y nada menos, mi querida doctorA.

Te quiero, Carlota.